En crisis… con la Navidad

Hace dos años, publiqué la primera entrada de este blog, llamada Navidad 2009. Hoy, día de Navidad de 2011, he vuelto a leerla y, de forma curiosa, me ha parecido muy vigente y he sentido el deseo de recomendar su lectura a todos aquellos que en el plazo de estos dos años siguen de manera regular Vivir con corazón.

Han pasado dos años y considero que mi pensamiento se ha ‘radicalizado’ en ciertos aspectos. Por un lado, está la realidad de la evolución personal transcurrida durante el 2010 y el 2011; no es sólo que el tiempo no sea el mismo, ¡es que yo ya no soy el mismo! Y, por otro lado, están ciertas circunstancias personales-familiares. Entre ellas, que mi segunda hija (una preciosa niña china) tiene ya ocho años.

Quiero suponer que serán sus últimas navidades de lo que nos gusta llamar ‘inocencia‘. Para ella, todavía Papa Noel y los Reyes Magos (e incluso el ratoncito Pérez) son reales.

Y a mi me duele cada vez más esta farsa. Máxime después de leer el siguiente fragmento del libro El quinto acuerdo de Miguel Ruiz:

…¿Te acuerdas de tu reacción, de cómo te sentiste cuando descubriste que Santa Claus no era verdad? No creo que tus padres lo hicieran de mala intención. Creer en Santa Claus constituye una maravillosa tradición para millones de personas. La letra de una canción describe lo que nos dicen sobre el símbolo que conocemos como Santa Claus: «Mejor que tengas cuidado, mejor que no llores, mejor que no te enfurruñes y voy a decirte por qué: ¡Santa Claus está llegando a la ciudad!» Nos dicen que Santa Claus sabe todo lo que hacemos y lo que no hacemos; sabe cuando hemos sido malos o bueno; sabe si no nos lavamos los dientes. Y nosotros nos lo creemos.

Llega la Navidad y vemos que hay una enorme diferencia entre los regalos que reciben los niños. Digamos que le pediste a Santa Claus una bicicleta y que fuiste bueno todo el año. Tu familia es muy pobre. Abres tus regalos y no recibes la bicicleta. Tu vecino, que fue muy malo —y sabes lo que significa muy malo—, recibe una bicicleta. Dices: «Yo he sido bueno, este niño ha sido malo, ¿cómo es que yo no he recibido una bicicleta? Si Santa Claus sabe realmente todo lo que yo hago, seguro que sabe todo lo que ha hecho mi vecino. ¿Por qué Santa Claus le trae una bicicleta a mi vecino y a mi no?»

Es sencillamente injusto y no entiendes el porqué. Tu reacción emocional es la envidia, el enfado e incluso la tristeza. Ves al otro niño dar vueltas felizmente con su bicicleta, portándose peor que nunca y quieres ir a pegarle o a romperle la bicicleta. Injusticia. Y ese sentido de injusticia nace de creer en una mentira. Es una mentira inocente y, por supuesto, sin ninguna mala intención, pero tú te la crees y estableces un acuerdo contigo mismo: «De ahora en adelante, no seré bueno. Voy a ser malo, como mi vecino». Más adelante descubres que Santa Claus no existe; no es real, pero ya es demasiado tarde. Ya has soltado el veneno emocional; ya has sufrido el enfado, los celos, la tristeza. Ya has sufrido por haber establecido un acuerdo que se basaba en una mentira.

Este año, al menos conseguí mantener mi propósito de no “usar a mi conveniencia” su inocencia. De no recurrir en ninguna ocasión, cuando me pudiera interesar, a menciones tales como: «Oye, ya sabes que se acerca la Noche Buena y si…» o similares. Confieso que me pillé en más de una ocasión con el pensamiento y a un tris de sacar las palabras por mi boca; pero la presencia atenta de mi propósito me ayudó a frenar a tiempo. Me pareció que bastante era mantenerle una mentira social de ese calibre como para encima usarla de una manera tan chantajista y miserable a mi favor.

Así que este año, en este 2011, estoy en crisis con la Navidad. Y no sólo por este tema.

Tengo contactos con personas que trabajan o colaboran con Caritas, y también con organizaciones como la Casa de Galicia. La Casa de Galicia, en Las Palmas de Gran Canaria, es bien conocida por hacerse cargo de las recogidas de juguetes y alimentos de mayor reconocimiento social para ayudar a las familias más desfavorecidas en estas fechas.

El comentario general ha sido la tremenda disminución de lo que este año han conseguido recoger, sumado a la disminución que ya significó el 2010. Si en el principal acto de recogida que se hace en la capital en el 2010 apenas si se llegó a los 3.000 kilos de alimentos, en este 2011 apenas se superó los 900. Por contra, las necesidades se habían disparado de forma exponencial.

De manera casi automatizada de proceder, de todo aquello que gano tengo la costumbre de separa el cinco por ciento y destinarlo para ayudar a otras personas. Manos Unidas y Caritas son, si bien no en exclusiva, mis principales receptores. Y si este año he conseguido incrementar mis beneficios económicos, significa que también he incrementado la ayuda que presto económicamente a nivel social. Y eso está bien.

Para hacerse cargo a los que me leen desde otros países, en España no sólo está la tradición navideña de Papá Noel (Santa Claus) sino también la de los Reyes Magos (el 6 de enero); mucho más arraigada esta última que la primera. Y estamos hablando de un país con una tasa de desempleo superior al 20% (en el caso de los jóvenes, del 46%) y con cinco millones de personas en situación de desempleo.

Y estoy en crisis con la Navidad, también por este motivo. Ya desde finales de octubre comenzó todo el proceso de decoración navideña en todas las grandes superficies comerciales de la ciudad y, desde mediados de noviembre, es como quien abre una veda: es Navidad, época de regalos, de permitirse todos los caprichitos que en otro momento ni se plantearían, de demostrar, antes se decía a golpe de talonario, ahora sería de tarjeta y de crédito, el ‘amor‘ a base de bienes materiales.

Ves los centros comerciales llenos; llenos a rebosar de personas, sacando bolsas, cajas y carros con todo tipo de productos electrónicos y juguetes. Te llegan mensajes al móvil de tu banco —y hasta de otros que no son el tuyo— ofreciéndote préstamos absurdos de hasta 25.000 € para que puedas celebrar debidamente la Navidad.

Y entre tanto colorido, guirnaldas, árboles, Papa Noeles, Pajes de sus majestades los Reyes Magos; entre elfos, duendes, renos, bolas de colores, villancicos; entre tanto ‘buenismo barato‘, deseos de amor y paz… de nuevo contemplas que nos están robando la Navidad. Que nos están robando su significado (Nativitate = Nacimiento de la vida para ti) y su causa (celebrar el nacimiento de Jesús); que el gran protagonista se le deja de lado, pues ponerle de relieve no haría sino hacer más evidente la incoherencia de lo que se celebra con el cómo se celebra.

No quiero esta Navidad. No quiero la Navidad del derroche y del sin sentido, de la mentira social mantenida por intereses comerciales, de las comidas y cenas de empresa, de las reuniones familiares obligatorias.

Y tampoco quiero ser hipócrita. Yo también crié a mi hijo mayor en esta mentira, y aún tengo a la pequeña en ella. Yo también he escrito mi carta de reyes, tratando de que fuera significativamente exigua, y me he permitido algún gasto con la excusa del momento. Pero soy consciente de lo que he disminuido, de lo que he pedido a mis más cercanos de disminuir. Con el deseo de volver a lo más esencial, de hacer algo por dejar atrás este sin sentido, de compartir estos pensamientos. Porque Jesús el Cristo trajo un cambio de paradigma que aún está por manifestarse, no digo en plenitud sino siquiera de manera incipiente.

Así que por supuesto que hay una Navidad que celebrar, más no es la que en general veo celebrarse a mi alrededor. La Navidad te invita a renacer, a cambiar tus creencias, valores, criterios, incluso tu identidad. Si Dios es Padre, ¿qué son las demás personas para ti? Si somos hijos de Dios, partes indisolubles de Él ¿qué son nuestras miserias, complejos, límites, y nuestra preocupante falta de amor para con nosotros mismos?

3 comentarios en “En crisis… con la Navidad

  1. La navidad mas bonita de mi vida la celebré en Marruecos, no había turrón, ni polvorones, ni regalos, nada de tele, en mi casa no se hace árbol pero si Belén, mi madre consiguió preparar una cena estupenda pero sin derroche, mi padre no estaba por cosas del trabajo, pero llamó justo antes de cenar, cantamos villancicos, hablamos e hicimos bromas y a pesar de no tener de nada, sentimos que nos teníamos los unos a los otros y fuimos muy felices. No he vuelto a vivir una Navidad como aquella. La he añorado muchas veces.

  2. Existen los circos y casi cualquiera puede trabajar en ellos. También puedes ir a verlo, o tal vez puedes pasar por delante y decidir no entrar, tal vez te sientas más solo si no entras, pero tal vez entrando y participando descubras que no tiene sentido.
    Es maravilloso tomar consciencia de lo que sucede dentro y fuera de nosotros, nos da la oportunidad de “ver más allá en la vida” .
    Tener el valor de ver y poder elegir que quiero yo del circo, si es que quiero algo. Y por supuesto como afecta esa toma de consciencia a tu alrededor, en tus hijos, o en todos aquellos que aprenden de ti. O tal vez, tu aprendes de ellos, ya que los niños tienen una autenticidad que los adultos normalmente hemos perdido o empañado.
    Tener el valor de permanecer en uno cuando todo o casi todo gira como una noria sin sentido a nuestro alrededor.
    ¡ La vida !
    Por otro lado creo y siento que un cambio o transformación puede tener lugar en cualquier momento del año, esto no está sujeto a programas, fechas o festividades.

  3. Estoy totalmente de acuerdo contigo, Juan Jesús. A mí tampoco me gusta esta Navidad sin sentido. Los que somos conscientes de lo que representa la Navidad festejamos el nacimiento de Jesús, otras personas que ni creen en Dios ni en Jesús ni en nada festejan otras cosas que bajo mi punto de vista no tienen nada que ver con la verdadera Navidad. Se nos dice que debemos ser tolerantes con todas las personas y circunstancias, a mí realmente me cuesta mucho porque no me gusta la mayoría de las cosas que veo, leo y oigo. Es demasiada hipocresía concentrada en unas pocas semanas, demasiadas mentiras como tú bien dices. En el caso de los niños, es difícil no entrar en esas mentiras porque es ir en contra de esa ilusión general pactada. A mí tampoco me gusta esta Navidad pero con los años he aprendido a que me guste mi Navidad, la que yo eligo y decido, cambiando lo que puedo cambiar e intentando no dejarme arrastrar por la incoherencia. Un saludo y qué sigas escribiendo cosas tan bonitas.

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