Afrontando retos… con Mozart y sus nuevas músicas

Desde hace unos dieciocho años, he estado enseñando a escuchar música. Sí, ha leído bien: no he escrito música, ni práctica musical, ni lenguaje musical, ni teoría musical, ni historia de la música; he escrito enseñando a escuchar música. Porque sencillamente constituye una faceta distinta de la cultura musical y, sobre todo, porque resulta más sencilla, más accesible y más gratificante en general.

Toda arte posee unos conocimientos básicos que permiten el disfrute de la misma. No es necesario ser dramaturgo para disfrutar del teatro, escritor para embelesarnos con una buena novela o filósofo para hacerlo con un ensayo; tener estudios de bellas artes para admirar la belleza pictórica o escultórica, ser arquitecto para apreciar las formas y funcionalidad de los edificios, ni ingeniero para hacerlo con una buena obra pública; tampoco son necesarios años y años de estudios musicales para disfrutar de la parcela auditiva de este arte.

Todo el párrafo anterior no entra en contradicción con otro hecho curioso: un mínimo de conocimiento, de información práctica, incrementa de forma exponencial el disfrute de cualquier arte.

Que diferente es visitar una ciudad, un monumento concreto, o ver o asistir a una manifestación artística a solas a hacerlo acompañado de los comentarios adecuados de un buen guía o de un conocedor del asunto. Cuánto cambiaría el disfrute de los asistentes a un concierto si previamente alguien les hubiera dado unas mínimas pautas de cómo escucharlo mejor.

Y de eso se trata: dejar de ser agentes de consumo pasivos y convertirnos en parte receptora activa, de incrementar nuestra capacidad de respuesta intelectiva, emocional y, por ende, de disfrute. De dar nuestra respuesta aportando criterio, pautas y un juicio sereno y flexible.

De eso he sido un evangelista desde hace casi dos décadas: de que cualquier persona, con un poco de contenido añadido, cuenta con la capacidad de incrementar, a un porcentaje que no guarda relación directa con el “peso” de ese contenido —de ahí lo de exponencial—, el disfrute y la apreciación de la obra musical que va a escuchar. Y aún más, resulta válido aún para todos aquellos que nunca hayan tenido oportunidad de estudiar el lenguaje musical o que, en forma sincera y humilde, te confiesan que ‘ellos no entienden de música’.

He de confesar que en los últimos años esta faceta de entrenador en la escucha musical la había tenido un poco dejada. Nuevos derroteros han ocupado mi atención y mi hambre de aprendizaje y de enseñanza.

Por eso, recibí con cierta sorpresa en julio de año pasado (2010), la visita de dos directivos de los egresados de Peritia y Doctrina, un grupo de adultos que ya han finalizado los cinco años de formación que la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria oferta a los mayores de edad, y que se reúnen a lo largo del curso escolar para realizar una serie de cursos-talleres propuestos por ellos mismos.

Durante cuatro o cinco años, desde el 2000, estuve impartiendo para estos egresados de Peritia y Doctrina cursos de audición musical. Invitado por ellos, llegué también a impartirles uno en el marco de la Universidad de Verano de Maspalomas.

Así que recibí con alegría, y con la sorpresa mencionada, su propuesta de que volviera a hacerles un curso durante el 2011-2012.

Durante las sesiones (hechas los martes y jueves a lo largo de mediados de noviembre hasta el veinte de diciembre), tuve también una nueva edición de mi taller Afronta tus retos; vive tu vida con pasión. Por otra parte, mi promotora, Juanate Gil, me mencionaba la posibilidad de organizar algo parecido a lo que estaba haciendo con estos egresados dentro del marco del Festival Internacional de Música de Canarias, en cuyo concierto inaugural estará una de mis obras favoritas: el Concierto para piano nº 23 en La mayor, K 488 de W. A. Mozart.

Durante todos estos años he analizado y ayudado a escuchar obras de muchos autores. algunas más o menos sencillas y otras más complejas; pero sólo había un autor al que me había negado de manera expresa a hacerlo: Wolfgang Amadeus Mozart. Y no por no haberlo intentado, no. Sencillamente no conseguía ‘pillarle’ lo que estaba haciendo. Me había acomodado a la forma beethoveniana de pensar en las estructuras musicales, y bajo ese molde conseguía resolver casi todas las posibilidades de los autores clásicos, románticos y buena parte de los del siglo XX. Más Mozart no casaba con aquello.

Así que me propuse el reto personal de que esta vez tenía que hacerlo: iba a coger ese concierto que me encantaba e iba no sólo a desentrañarlo, sino que iba a hacerlo comprensible a aquellos que asistieran al curso.

Y me acordé de esa gran verdad que dice que no podemos resolver un problema con la misma mentalidad que lo ha creado, y traté de dejar atrás lo que sabía, y que no me había dado buenos resultados anteriormente, y tratar de meterme, introducirme en el modo de pensar de Mozart (dentro de lo que fuera posible para mi, claro).

Descubrí dos cosas complementarias: a) Mozart pensaba como un niño. Utilizaba los temas musicales como si fueran cubos de rompecabezas, donde prima más el placer de poderlos colocar en donde desee que el molde formal predeterminado y b) Mozart pensaba como un genio. Al escuchar cualquiera de sus grandes obras, sean sinfonías, conciertos o música de cámara, la sensación de fluidez, de lógica ‘estética’ impacta de forma absoluta.

Y con todo esto en mente, conseguí comenzar a ‘captar’ lo que ocurría en este concierto. Fueron horas intensas, robadas en su mayoría al sueño, y llenas de un placer enorme. De ese placer que te invade cuando un reto, una meta, anhelada durante tiempo, comienza a materializarse ante ti, cuando por fin, comienzas a entender de manera global lo que te ha estado velado anteriormente.

De ese trabajo ha salido el vídeo que está aquí debajo, donde se va indicando lo que ocurre mientras se va escuchando el Primer Movimiento (Allegro) del Concierto nº 23.

La sesión que dediqué a este Primer Movimiento y al más conocido, segundo, fue de esas que recuerdas por redonda y gratificante. Los asistentes viven una experiencia fluida, amena y clara que compensa el número de horas previos que conlleva dicho resultado. Creo recordar que fue Abraham Lincoln quien mencionó aquello de que “hay que ver cuantas horas lleva pronunciar un discurso improvisado de cinco minutos“, o Mark Twain comenzando una carta de este modo: “…te escribo una carta larga porque no he tenido tiempo de escribirte una corta…“.

No hace mucho publiqué una entrada en este blog con el Segundo Movimiento (Adagio). Y, créame, que no fue intencionado; cuando la publiqué no tenía en mente meterme en el análisis del mismo… así que el subconsciente ya estaba haciendo su trabajito a mis espaldas.

Un comentario en “Afrontando retos… con Mozart y sus nuevas músicas

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *