Miramos con las gafas del pasado sin ver lo que ahora «es»

Cuando en dulces sesiones, de meditar silente,
convoco en mi recuerdo las cosas ya pasadas,
suspiro al evocar tantas cosas queridas,
y culpo con lamentos el tiempo que he perdido.

Me lamento de penas y desgracias pasadas,
y cuento nuevamente de dolor en dolor
la tristísima cuenta de renovados llantos,
pagando, nuevamente, lo que ya pagué.
Shakespeare. Soneto 30.

El tiempo en el pasadoCreemos ver lo que vemos. Creemos que lo que vemos configura la realidad. Creemos que la realidad que creemos ver es la realidad que ven todos los demás. Pero vivimos como en un sueño, como en una bruma, en la que apenas conseguimos ver lo suficiente como para subsistir; vivimos como en un engaño, y podríamos terminar nuestra existencia sin ni siquiera habernos percatado de ello, salvo que ocurra un «despertar» y abramos los ojos de otra manera y «procesemos» con otro paradigma, otra mente.

Vivimos en un sueño personal, y también en un sueño familiar, en un sueño local, municipal, provincial, nacional, étnico, continental, cultural, laboral, asociativo, político, religioso, sexual, etc., y también uno colectivo como humanidad. Compartimos con otros parte de nuestro sueño, y nos separamos de otros en partes de nuestro sueño.

La ciencia nos lo ha confirmado: apenas somos capaces de procesar una minúscula parte de lo que vemos, escuchamos o sentimos (se supone que podemos captar unos quince ítems de los aproximadamente quince millones de los disponibles en cada momento); nuestro cerebro se protege de la saturación que significaría captar el total de estímulos presentes en cada micra de segundo con diversos filtros de selección. Algunos son fisiológicos, como la capacidad de visión, de audición —el límite de frecuencia y de intensidad, por ejemplo—, los umbrales de sensibilidad, otros cognitivos, incluida la capacidad de atención y de retención, y otros, no menos importantes, psicológicos.

Los filtros psicológicos son las programaciones que cada uno ha recibido en nuestros «sueños» desde que nacimos (para no extenderme más en este punto, puedes leer un post anterior de este blog: “Vivimos como en un sueño… …domesticados…“), y que configuran nuestro sistema de creencias. Una creencia hace que yo seleccione lo que quiero ver de lo que veo, lo que quiero escuchar de lo que oigo y lo que quiero sentir de lo que percibo. Dos personas de creencias políticas enfrentadas escucharán dos discursos distintos de un mismo discurso, dos personas de distinta confesión religiosa interpretarán dos lecturas diferentes de un mismo texto sagrado, dos amantes percibirán una distinta experiencia de su encuentro amoroso, diez testigo contarán diez historias diferentes del mismo hecho, etc…, etc…

Apenas percibo lo que es real, apenas llega a perecerse a un mediocre mapa de la realidad, que ni siquiera es igual al mapa de la persona que tengo a mi lado. Dado que «el mapa no es el territorio», apechugo mi vida con interpretaciones de la realidad en base a dicho mapa. Veo con gafas empañadas y con mala graduación, y creo ver bien, dado que aún no he «visto».

Y todavía hay un «desenfoque» más en mi visión, del que se habla bastante menos, y es el desenfoque temporal. Creemos ver y, además, creemos ver lo que vemos ahora, cuando en verdad lo que conseguimos y alcanzamos a ver es el pasado de lo que vemos. Te propongo algunos ejemplos a fin de no perdernos en lo que podría parecer elucubraciones:

Un hogar cualquiera. El hijo ha traído esa tarde a casa, por primera vez, a un amigo suyo. La mamá les pone una merienda y al amigo del hijo se le cae la taza de las manos que se hace añicos contra el suelo. El niño se asusta, y enseguida la madre lo calma hablándole de forma pausada mientras va cogiendo un paño y la escoba con el recogedor: “tranquilo, no pasa nada, es sólo una taza que se ha caído”.

Supongamos ahora la misma escena, pero como en un universo paralelo, en el que esta vez no hay amigo del hijo en la casa. Éste está merendando y se le cae la taza de las manos que se hace añicos contra el suelo. El niño se asusta, y enseguida mira a la madre temiéndose lo peor; justo lo que comienza a ocurrir: antes de que la madre coja ningún utensilio de limpieza ya la tiene encima, mirándole fijamente, con las manos bien puestas en ambas caderas con los codos hacia fuera y diciéndole en voz sonora y enfadada lindezas tales como “pero es que eres tonto…” o “serás torpe”, seguido de una larga retahíla de expresiones destinadas a la humillación y al sentimiento de culpa.

Terraza de una cafetería. Un hombre espera a una mujer a la que aún no conoce y con la que se ha citado para un posible trato comercial con su empresa. La mujer se retrasa quince minutos y llega, algo compungida y pidiendo disculpas, a lo que el hombre responde con un “no te preocupes, en realidad he aprovechado este tiempo para…”, etc…

Misma escena, pero esta vez el hombre espera a su esposa, quien se retrasa quince minutos y llega, algo compungida y pidiendo disculpas, a lo que el hombre responde con un “bueno…, como siempre ¿no?, sabes lo ocupado que estoy y lo que me disgusta esperar y tenías que volver a hacerlo…”, etc…

El hecho objetivo parece ser el mismo; entonces, ¿qué ha sido diferente? Sencillamente la percepción temporal de las partes implicadas.

A un niño desconocido, amigo de nuestro hijo, se le cae una taza, y la madre reacciona a ese hecho siendo amable y tratando de que el niño no se preocupe; al fin y al cabo ¡es sólo una taza! En la realidad alternativa, se le cae al hijo, y entonces ya no es sólo una taza: es el cúmulo de todos los pequeños accidentes, las preocupaciones vividas con su hijo, todos los enfados, disgustos e, inclusive, hasta los dolores del parto y del embarazo. La madre ve al amigo del hijo como lo ve en ese momento, pues no tiene otro de referencia (aunque pueden haber «desenfoque» de experiencias previas con otros niños que no sean su hijo); la madre ve al hijo con toda su historia previa, ve al hijo «en el pasado».

Una mujer a la que aún no se conoce en persona y con la que el hombre espera hacer negocios llega tarde, y la reacción, a fin de que todo vaya bien, es de disculparla y de quitarle importancia; al fin y al cabo ¡fueron sólo quince minutos! En la otra historia, la que llega tarde es la esposa, y en ese retraso el hombre ve toda la historia personal vivida con ella, todos los otros retrasos, desilusiones, posibles planes dejados, las malas relaciones con su familia, etc… El esposo ve a su esposa «en el pasado».

Y no es sólo con las personas. También distorsionamos nuestra visión con los objetos. Vemos nuestro coche con los dos, cuatro, ocho o doce años que tiene; vemos nuestra ordenador con todos sus cuelgues, los sistemas operativos previos instalados, las veces que no nos respondió; vemos nuestras manos y vemos también las manos que tenían menos arrugas, las venas menos evidentes, las manos que eran más carnosas e, inclusive, las manos regordetas y sin nudillos visibles del niño que fuimos; vemos el sofá del salón con sus años de desgaste, con la tapicería ya descolorida en parte; vemos la ciudad en que vivimos y la vemos con todos sus recuerdos y nos gusta comentar de «como era»; vamos al cine a ver un “remake” y vemos también, en nuestro interior, la película original y al salir del cine, de forma inevitable, las primeras palabras son de comparación, ya que en nuestra experiencia interior vimos dos películas por el precio de una.

¿Podrías poner tú ejemplos similares, en las que hayas observado reacciones diferentes a sucesos más o menos similares? ¿Te suena haber escuchado expresiones tales como: “siempre me haces lo mismo”, “¿es que no vas a cambiar nunca?”, “¿es que ni una sola vez me puedes hacer el gusto?”, etc…, etc…?

Créeme, no exagero cuando me atrevo a afirmar que vemos todo en el pasado, ¿o quizá no te habías dado cuenta? A esta manera de ver no le gustan los cambios, pues tiene que ‘reajustar’ su mirada. Quien una vez nos mintió será siempre un mentiroso, quien nos engaño, alguien de quien mejor no fiarse; quien era de derechas, siempre ‘un facha’, si del barca, siempre del barca, etc…, etc… Mi silla tiene historia cuando la miro; mi coche, también.

Lo mismo le ocurre a la ‘lente’ interior. Los programas instaurados a nivel consciente y subconsciente van a delimitar nuestra experiencia presente. Hablamos del libre albedrío; pero pocas personas —las que han tenido una experiencia de ‘despertar’— pueden vivirlo realmente. Todos los demás respondemos al ahora con las referencias de lo vivido antes.

Reconocerlo, tomar conciencia de este hecho, puede ser un primer paso. No puedo cambiar ni transcender aquello de lo que no soy consciente.

Centrarnos en el ahora, usando todos los recursos desarrollados por la psicología, la espiritualidad e, incluso, la mística, sería un paso siguiente. Recuerdo de joven, una práctica espiritual denominada ‘mirar con ojos nuevos’, consistente en el propósito de ver cada día a todas las personas que te encontrases como si fuera la primera vez que lo hicieras. No era fácil. No lo es hoy en día. Más ahora la valoro muchísimo más.

El Coaching nos enfoca en el futuro, en lo que queremos, en el estado deseado hacia el que queremos ir. Es como ‘una fuga hacia delante’. Y puede que parte de su eficacia provenga de que invita a la persona a no enfocarse en lo que ‘era’, lo que ya fue, y se haga desde el ahora hacia el mañana. Un cambio de paradigma. Claro que, en ocasiones, los programas que tenemos acumulados e interiorizados nos la juegan. La PNL (Programación Neurolingüística) es eficaz en recuperar recursos, estados y habilidades positivas de nuestro pasado, recuperándolas para nuestro actuar presente. También es eficaz en transformar el significado, la percepción, de nuestra experiencia anterior. Por eso resulta tan adecuada y exitosa la combinación de ambas.

En las últimas décadas han surgido métodos que tratan el pasado de manera más radical, promoviendo maneras de liberarnos de su carga negativa. El Reiki Karuna trabaja sobre la memoria celular de las experiencias traumáticas. Un Curso de Milagros nos aporta la consciencia de que miramos el pasado de las cosas y propugna un cambio de visión más sintonizado con el eterno ahora. Los Cuatro Acuerdos de Miguel Ruiz tratan de erradicar el peso de las creencias acumuladas en nuestra vida, promocionando otras que nos otorguen más libertad. Y, quizá el más extremo, sea el Ho’oponopono hawaiano, que trata de limpiar y, acto seguido, borrar todo recuerdo, toda experiencia basada en otra similar anterior para acceder a un estado de puro vacío, el punto cero, en donde es posible el contacto directo con la Divinidad y con la inspiración.

Si queremos ver lo que ‘es’, toca quitarse las gafas. Y quizá el objetivo último ni siquiera sea el alcanzar a ver lo que ‘es’ en el ahora, sino alcanzar una mirada en la que veamos al otro en su potencial aún no logrado, pero presente en su esencia. ¿Será así como nos mira Dios?

Paz de mi parte.

6 comentarios en “Miramos con las gafas del pasado sin ver lo que ahora «es»

  1. Esta semana he tenido la oportunidad de hablar, con diferentes personas y en diferentes contextos, de este tema. Solemos filtrar la intuida realidad a través de numerosos filtros, entre los cuales son los de los prejuicios y de los complejos los más demoledores para nuestras relaciones sociales.

    Gracias por tus pensamientos en alto, JJ.

    Un fuerte abrazo.

  2. Buen e interesante post pero tal como lo presentas da un poco de miedo. Hablas de la percepción del tiempo distorsionada, es realmente para mi un sentimiento familiar, vivo en mi casa igual que cuando tenia 23 años con cosas que estaban cuando tenia 23 años y muebles de entonces y personas de entonces y situaciones de entonces con los problemas de entonces, como en un bucle paso de no hacer nada a hacer algo conseguir algo y perder ese algo y volver a la situación primera. El tiempo ha pasado como para todos y hay gente que ha desaparecido pero mi burbuja se mantiene intacta y por tanto mi bucle de situaciones. He soñado muchas veces con romper esa burbuja que parece fina y débil, pero a la hora de la verdad es como si salir en realidad fuese entrar de modo que siempre permaneces dentro. Tal vez no se trate de romperla sino de dividirla o de expulsar el resto de tu realidad de ella de forma que quede espacio para otras realidades nuevas. ¿Me gustaría saber que opinas tu al respecto?

    1. Bueno, Juan Pedro, tuve que leer varias veces tu comentario. La cuarta vez, ya no lo entendí (je, je, je,… es broma). Al final das una pista muy interesante (a partir de “Tal vez…”). Está bien lo de tomar algo de distancia, de no identificarnos con nuestras circunstancias —nuestra “realidad”—; esa ‘desintificación’ es lo que puede permitir dejar entrar algo nuevo. En última instancia, sólo el amor es capaz de suplir la miopía del tiempo, lo único que puede hacer nuevo ‘lo mismo de siempre’.
      Al final de mi post menciono varias posibilidades interesantes para ‘corregirnos’ la vista temporal. La más sencilla, fácil de captar, es el maravillosos libro de “Los cuatro acuerdos”, de Miguel Ruiz que te recomiendo muy encarecidamente.
      Paz de mi parte
      Juan Jesús Doreste (http://queeselcoaching.net)

  3. Me pasa a menudo que me doy cuenta de que al quitarme la gafa de sol, o a ponérmelas, la luz es diferente, la vida es diferente, más gris o más soleada, y en esos instantes, pienso que eso lo puedo llevar a otras áreas de mi vida, que seguramente la estoy viendo distorsionada, y en realidad solo hace falta ¡ ponerse o quitarse las gafas !, pero a veces es difícil, es un salto, a menudo un salto al vacío, y ese vacío representa el cambio, y ahí perdemos nuestro suelo, nuestra seguridad, que puede que sea oscura, que esté empañada, pero es lo conocido y en muchas ocasiones también es lo “preferido”. Nos quejamos de que no se producen cambios en nuestra vida, pero en el fondo no queremos hacer en nosotros ni el más mínimo cambio.

  4. Ciertamente persivimos una infima parte, pero tambien es cierto que no todos lo vemos en un segundo plano yo por ejemplo tengo a veces la sensacion de que las cosas que me van a ocurrir ya las e vivido anterioemente, de hecho las predigo para mi mismo, hablo del entorno familiar, laboral o personal, me a llegado a pasar el haber tenido sueños de vivencias con familiares ya fallecidos y a los que quise mucho o sucesos con personas de mi entorno que pasan como secuencias ya vividas, por eso pienso que no todas las personas tienen un mismo comportamiento ante los mismos sucesos creo que juega mucho todos los parametros de cada persona y lo realmente fascinante de la vida es esa capacidad de ser milimetricamente desiguales dentro de nuestra igualdad, asi nos hizo Dios y asi debe de ser, debemos de mirar sin miedo a lo desconocido o nunca sabremos que es lo que sabemos y que es lo que ignoramos.

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